Un fin de semana dificil de olvidar: Día 1: 12 de Mayo (I parte)

Advertencia: Esto se trata de una historía personal y real, seguramente a la mayoría de los lectores no les importe un carajo, pero como esto es mi blog personal poco más hay que decir. Repito a los lectores que tienen la posibilidad de sindicarse a feeds específicos de una categoría si no les interesa esto.

Estas crónicas me están llevando escribirlas varios días, por falta de tiempo y por fin puedo comenzar a publicarlas.

Estoy hablando de hace dos semanas, el fin de semana del 12, 13 y 14 de Mayo: Me fui a Montmeló para (principalmente) acudir a ver la fórmula one en directo. Todo lo que gira en torno, el circuito y Montmeló en general es un auténtico circo, un espectáculo que va mucho más allá del resultado final.

El viernes 12 comenzaba antes de las ocho de la mañana. No pude ir a clase ya que tenía que utilizar la mañana para cumplir con mi trabajo: entre las 8 y las 15 horas no hice otra cosa: currar. Llegadas la tercera hora del mediodía empezó a invadirme el nerviosismo, tenía que preparar la maleta, comer, ducharme, bajar un rato y salir a las 17.45h hacia el aeropuerto. Me entraba el nerviosismo porque me conozco, tardo años en ducharme y soy un caos haciendo maletas, siempre, siempre me dejo algo, abro y cierro no se cuantas veces (y sí, me preparo listas antes, pero no sirven de nada). Finalmente a las 18.05h parto al aeropuerto llegando sobre las 18.20h al mismo, el billete estaba reservado con antelación lo que me permitiría tomar el vuelo más tarde.

Facturo la maleta y acto seguido voy a tomar una coca-cola con mis padres quienes me acompañaron. Antes de darle el primer trago hacen la llamada para que los pasajeros destino Barcelona acudan la sala de embarque, por lo que me dirijo allá con la cámara de fotos y el portátil como equipaje de mano. Haciendo cola mi madre realiza un comentario:

– Uy, que perro más bonito.

Asomo la cabeza y efectivamente avisto a un precioso pastor alemán bien acompañado por tres hombres de la benemérita (también conocidos como guardias civiles) encargados de realizar cacheos bastante exhaustivos. A otro lado la cinta de rayos y un par de guardias jurado inspeccionan el equipaje de mano. Estoy dudando, comienzo a notar mi nerviosismo, mi temperatura corporal aumenta por segundos, me han dicho que no hay problema alguno, pero el perro me hace dudar y mucho. Finalmente no aguanto más, no quiero problemas, no quiero que se monte un pollo en el aeropuerto, no quiero quedarme en tierra, no quiero pagar más multas por lo que extraigo de su lugar una piedra de costo que llevaba encima y se la doy a mi padre:

– Toma, llévatelo a casa, por favor.

Mi padre lo mira, me mira y me dice:

– Pero si esto no pita
– Pero el perro sí ladra -replico yo.

Una vez me he desprendido del asunto, no sin lamentarlo acudo a la cinta, introduzco mi equipaje por la cinta y paso por debajo del arco detector de metales: no pita, sin embargo uno de los guardias me pide permiso para realizarme un cacheo y un registro más minucioso:

– Por supuesto, adelante.

El guardia me pasa por todo el cuerpo un detector de metales de mano el cual pitó al llegar a mi bolsillo inferior derecho:

– ¿Qué tiene ahí?
– El tabaco
– Sáquelo

Procedo a sacar la cajetilla de Camel y se la entrego, el de verde me la coge, la abre, la inspecciona y la acerca al hocico del perro el cual ni se inmuta. Me la devuelven, me permiten recoger mis accesorios (los que anteriormente tuve que quitarme para pasar por el arco: cinto, llaves, móvil, mechero y cartera) y accedo, ya solo, a la sala de embarque del aeropuerto de Villanubla.

Nunca había viajado en avión, por lo que para mi todo eran experiencias nuevas. Al poco tiempo nos indican que ya podemos dirigirnos al avión, y por lo tanto eso hago: Subo, devuelvo el saludo a la azafata que me recibe con una sonrisa de oreja a oreja y localizo mi asiento: me toca en pasillo (¡vaya!, yo quería ventanilla). El avión es bastante chico no somos más de 40 pasajeros.

Tras las indicaciones de rigor nos ponemos en marcha, primeramente rodando por la pista hasta situarnos en la recta. Llegados a ese punto se accionan todo los motores y comenzamos a rodar a toda velocidad por la recta del aeropuerto: realmente a mucha velocidad, me recuerda a algunas atracciones de feria, aunque sin el aire impactando en la cara. Pocos segundos después el avión comenzó a levantarse del suelo, casi a la vez que comenzó a virar en el aire. Siento el estómago un poco incómodo, aunque sin demasiados problemas. Intento mirar por la venta: es muy pequeña y apenas alcanzo a divisar nada, pero lo poco que veo me fascina: nos vamos alejando del mundo, de la tierra, las personas, los coches, el aeropuerto y finalmente la ciudad se quedan pequeñas. Sobrevolamos los extensos campos de castilla: desde el cielo se dibuja un cuadro increíble: extensos campos de cultivo cortados irregularmente con diversas tonalidades de verdes y marrones se pierden a un lado y a otro del horizonte.

50 minutos es el tiempo que se tarda desde Valladolid a Barcelona en avión, pierdes más tiempo llegando al aeropuerto, embarcando, aterrizando y recogiendo el equipaje que en el trayecto en sí. Antes de llegar al aeropuerto del Prat sobrevolamos Barcelona donde pude distinguir la Diagonal y las Ramblas, luego vi el Maremagnum, el puerto olímpico y finalmente la playa fundiéndose con el mar.

Abajo del avión, cogí un bus que te lleva hasta la terminal para que puedas recoger el equipaje, tuve que esperar unos diez minutos, pero mi maleta llegó sana y salva. Junto a la puerta me esperaba cocososo que aunque no nos conocíamos en persona, no tardé en reconocerle (ni él a mi, creo). Nos saludamos y le deje las maletas para irme corriendo a mear, cuando volví se había ido con todo mi equipaje y me había dejado tirado en el aeropuerto me esperaba tranquilamente junto a mis maletas y me pidió unos céntimos para comprar una botellita de agua en una máquina expendedora: al principio se resistía pero finalmente se rindió sirviendo lo que tenía que servir.

Yo soy de las personas que piensan que la primera impresión sí que cuenta, y Antonio no me defraudó: es un tío educado, amable y cercano. Me gustó su forma de conversar: con tranquilidad y sosiego, sin alterar la voz, sin cortarte, sin prisa.

Antonio había accedido a recogerme en el aeropuerto para llevarme hasta el hotel donde me hospedaba, me hizo un gran favor que no olvidaré (gracias una vez más tío). Entre humos charlábamos en el trayecto sobre varias cosas: de Forobuscadores y de Jumiya (foro donde nos conocimos), del congreso, del viaje, de programación, de buscadores, de Adwords y seguramente de alguna cosa más que no recuerdo. Antes de llegar al hotel Antonio me hizo un regalo cojonudo, le estaré siempre muy agradecido por ello.

Finalmente llegamos a la calle Bergara, junto a la Plaza de Cataluña donde se encuentra el Hotel Pulitzer. Descargo el equipaje y le agradezco a Antonio la hospitalidad mostrada, le comento que al día siguiente tengo varias horas libres y que podíamos vernos para tomar unas cervezas, quedamos en llamarnos.

Maleta, maletín y bolsa en mano me adentro en la recepción del Pulitzer, una señorita con acento sudamericano me atiende amablemente y me pide mi DNI cuando la comento que tengo una reserva. En ese momento escucho como alguien me solicita por detrás, sorprendido me giro y me encuentro otra vez con Antonio:

– Eh David… toma, te has dejado esto – me extiende la mano con mi paquete de Camel.
– Hostia! Gracias, joder, gracias Antonio.
– De nada hombre, ¡adiós!

Se va y me quedo pensando que si se hubiera tratado de un amigo mío ni se hubiera molestado en bajar a devolvérmelo, en ese momento me alegro aun más de haberlo conocido.

Me giro de nuevo y la chica de recepción me da la tarjeta de mi habitación junto con mi DNI y unos planos y guías turísticas de Barna, se lo agradezco, recojo mi “llave” y emprendo el camino hacia el ascensor. Subida al cuarto piso: unos pocos pasos: introduzco la tarjeta y… evidentemente la puerta se abre. Introduzco la tarjeta en la ranura de dentro de la habitación para activar el sistema y esta se enciende, la primera impresión: ¡joder, que de puta madre! (no frecuento hoteles de cuatro estrellas en Barcelona, normalmente voy a los de cinco :P).

Entro hasta el fondo, dejo las maletas tiradas en cualquier sitio y lo primero que hago es abrir y asomarme por la ventana: a mi izquierda el edificio de la FNAC y detrás la Plaza Catalunya. Debajo la terracita del hotel y enfrente la calle Bergara (creo), bastante transitada.

Me encanta la vista que tengo, podía ser mejor, pero me gusta. La habitación también me gusta: un escritorio con un sofá, un TFT frente a la cama doble, luces regulables, aire acondicionado… y un baño mayoritariamente en mármol muy bonito (¡se me olvidaron las fotos del baño!).

Son aproximadamente las 20:45h, no tengo nada que hacer hasta las 22.45h, hora en la que hemos quedado todos en recepción para ir a cenar. Por ello decido darme una ducha, bastante rápida y fresca, muy reconfortante. Salgo, me seco las melenas, me visto un poco y me siento en el sillón a contemplar la calle un rato. También deshago la maleta y entonces me percato de algo a lo que no había ni prestado atención: encima de la cama hay una bolsa, es roja con los logotipos de Vodafone y Ferrari (Vodafone son los patrocinadores de Ferrari en la Fórmula 1 y quienes me invitaron al GP de Montmeló).

Un detector de humos situado en el techo me hacia dudar de la posibilidad de fumar en la habitación, sin embargo con un vistazo rápido localicé un cenicero lo que me indicaba que podría satisfacer mi vicio. Pitillo en mano, agua a un lado, música puesta y plácidamente recostado en la cama abrí la bolsa deportiva y comencé a sacar todo el merchandising de Ferrari que había: gorra, cámara de fotos de usar y tirar, tapones para los odios junto con una correa para llevarlos y lo que más me gustó de todo: una mini-llave USB con el logotipo de Ferrari que venía en una caja junto con un cable USB extensor, la pena que solo fuera de 128 MB, pero no, no me quejo, para nada.

No mucho después comienza a sonar el teléfono de la habitación, me quedo bastante sorprendido, ¿quién será, del hotel quizás, de vodafone? -pienso-, al cuarto tono descuelgo:

– ¿Hola? – pregunto tímidamente
– Sí, Hola, ¿David? – pregunta una voz joven al otro lado
– Sí, soy yo
– Hola mira, soy Raúl de canal 47 – me parece entender – que me ha llamado Pepe y me ha dicho que te llamara, han salido con retraso y llegarán más tarde de lo previsto y me ha pedido que vayamos al restaurante para no perder la reserva.
– Ehhh… vale, sí, sí, claro – contesto
– ¿Te parece que quedemos a las 22.40 en recepción?
– A las 22.50 mejor
– ¿22.50h?. Ok, vale, nos vemos, hasta luego.
– Adiós.

Sigue aquí… II parte

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7 Responses to Un fin de semana dificil de olvidar: Día 1: 12 de Mayo (I parte)

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  2. ruben says:

    Lo de la ventanilla en el avión está bien para la primera vez, luego, te das cuenta que si no eres bajito es mejor el pasillo, donde puedes estirar las piernas y viajar más cómodo.

    Supongo que hablarías bien de forobuscadores tu y Antonio, aunque siendo dos fumetas … a ver como nos pusisteis

  3. Spacebom says:

    Sí, eso me pasó en la vuelta, por suerte Antonio de la Gaceta me cambió su asiento: él estaba junto a una salida de emergencia y fue todo un detalle por su parte dada la situación.

    No, no hablamos bien, dijimos que los foros están manejados en la sombra por Google que no es otro que Jumiya camuflado :P.

  4. Tolito says:

    ¡¡Otro pucelano en Barcelona!! Yo estuve en navidades y la verdad es que es una maravilla…a ver si ahorro y vuelvo por alli por que me quedaron cosas de ver…

    Un saludo paisano!!

  5. wanout says:

    Que bien te lo has tenido que pasar perro!! Me encanta Barna, de hecho me voy pallá a estudiar un añito entero a partir de septiembre, pero no voy a todo trapo como tú claro, una tiene caché de estudiante namás.
    Por cierto, que buen rollo con tu padre no?papá toma la piedra y llévatela a casa anda!jajajaja, que bien.

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